Domingo 27º durante el año
- Francisco Quijano
- 1 oct 2025
- 3 Min. de lectura
Evangelio de San Lucas 17, 3-10
¿Por qué habrán pedido a Jesús sus discípulos: «¡Auméntanos la fe!»? ¿Qué les había dicho Jesús inmediatamente antes? «Si tu hermano te ofende siete veces al día y siete veces vuelve a ti diciendo que se arrepiente, perdónalo» (v. 4).
Haz esta suposición: ¿qué te sería más fácil: arrancar árboles de cuajo y lanzarlos al mar o perdonar a tu hermano que te ofende siete veces al día? Lo dudarías tal vez: quizá resulta más difícil perdonar a mi hermano que pedir un milagro estrepitoso.
Mira la violencia que se instala en las familias, en las sociedades, en los países. No mires muy lejos, mira a tu país, México: en el sexenio anterior hubo cerca de 200,000 homicidios, en el actual gobierno cerca de 26,000, a lo cual se suman las personas desparecidas sin rastro.
El profeta Habacuc predica por los años 622 a 612 aC bajo el dominio de Asiria y la amenaza de Babilonia. Grita a Dios: «¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio sin que tú escuches? ¿Hasta cuándo te gritaré: ¡Violencia!, sin que tú salves?»
El profeta increpa a Dios: «¿Por qué me haces ver crímenes y te quedas mirando la opresión? No veo más que saqueo y violencia, hay contiendas y aumenta la discordia».
Sus reclamos bien pueden ser los nuestros hoy en día. Esta violencia parece ser una lacra de la condición humana: en la familia y la sociedad, entre países, en la historia, hay una secuencia interminable de ofensas, conflictos, discordia, violencia, crímenes, guerras. ¿Habrá algún remedio?
Habacuc reflexiona: «Me pondré de centinela, haré la guardia observando atento a ver qué me dice, qué responde a mi reclamo». Se da cuenta de que debe tener confianza en Dios y mantenerse firme en su lucha por la paz.
Escucha una voz que le dice: «Escribe esta visión que tiene un plazo fijado, ansía llegar a la meta, no fallará: mira, el soberbio fracasará, pero el justo por su fe vivirá».
San Pablo cita esta sentencia al comienzo de su alegato acerca de la fe: «La Buena Nueva manifiesta la justicia de Dios por la sola fe, según está escrito: el justo vivirá por la fe» (Rom 1,17). «Solo por la fe»: fue la consigna de Martín Lutero.
Cuenta el Reformador que le atormentaba este pensamiento de san Pablo: «El Evangelio manifiesta la justicia de Dios». Sentía el agobio de un Dios justiciero, a pesar de sus esfuerzos por obrar bien. Hasta que tuvo una intuición: la justicia de Dios no es justicia punitiva sino justicia que salva: es su bondad y su poder que se vuelcan sobre una humanidad pecadora para rescatarla.
En medio de guerras y violencias, de amenazas contra la paz y la seguridad, hay que tener fe y permanecer vigilantes. Una plegaria eucarística de reconciliación reza así: «En una humanidad dividida por las enemistades y discordias, Tú diriges las voluntades para que se dispongan a la reconciliación» «Con tu acción eficaz consigues que las luchas se apacigüen y crezca el deseo de la paz; que el perdón venza al odio y la indulgencia a la venganza».
La sola fe como una semilla de mostaza es lo que se necesita para perseverar en la amistad con Dios y rehabilitar a nuestra humanidad maltrecha por crímenes y pecados, discordias y conflictos, odios y envidias.
Esta obra de reconciliación tiene su origen, su eficacia y su término en Dios. Al final de cuentas, nosotros diremos: «Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber».
Somos simples servidores. Sí. Nuestro servicio, apoyado y consolidado en la confianza del justo que espera todo por la sola fe, no es una expectación pasiva. Jesús proclamo en el Sermón del Monte: «¡Felices quienes trabajan por la paz, porque se llamarán hijos –e hijas– de Dios!» (Mt 5,9).
De personas que trabajen por la paz, de gente que encuentre en este trabajo esforzado su felicidad, necesitamos en México, país de violencia, crímenes, robos e impunidad, necesitamos muchas, muchísimas.

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