«¡Ay de mí si no anuncio la Buena Noticia!», exclama en su Carta I a los corintios (9,16).
¿Por qué esta convicción suya se convierte en tarea impostergable para quienes han dedicido seguir al Señor? Dice también san Pablo a los romanos: «La fe nace de la predicación y lo que se predica es el mensaje de Cristo»
Razona así: «Quien invoque el nombre del Señor se salvará.
Pero, ¿cómo invocarán, si no han creído en él? ¿Cómo creerán, si no han oído hablar de él? ¿Cómo oirán, si nadie les anuncia? ¿Cómo anunciarán, si no los envían? Como esta escrito: ¡Qué hermosos son los pasos de los mensajeros de buenas noticias!»
Esta fue la razón por la cual santo Domingo, a principios del siglo XIII en el sur de Francia, después de diez años de predicación itinerante, decidió fundar la Orden de Frailes Predicadores. La predicación había decaído y había una distorsión grave de la fe.
Hoy en día, exhortaba san Pablo VI en la Exhortación «Anunciar el Evangelio», es preciso redoblar la dedicación a anunciar la Buena Nueva de Jesucristo. Esta misión nos inumbe a todos: fieles del laicado, religiosas y religiosos, presbíteros y obispos.
En este sitio, queremos ofrecer subsidios para una predicación que encienda corazones e ilumine inteligencias.