Domingo 14º durante el año
- Francisco Quijano
- 1 jul
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Actualizado: 2 jul
Zacarías 9,9-10 / Romanos 8,9.11-13 / Evangelio: Mateo 11,25-30
Jesús oraba con mucha frecuencia; vivía impregnado de la presencia del Padre en su vivir cotidiano, en su enseñanza y en sus obras maravillosas. Los evangelistas lo recuerdan en pasajes significativos, como el Evangelio de Hoy.
Como dice san Juan Crisóstomo, «esta es una oración que no cosiste en palabras, sino más bien en un deseo de Dios, en una piedad inefable, que no procede de los hombres, sino de la gracia divina».
En Jesús no era solo deseo, era fruición y gozo de su Padre en él y de él en su Padre, esa realidad divina que llamamos Espíritu Santo. En el pasaje paralelo del Evangelio de hoy, san Lucas dice: «En aquella ocasión, con el júbilo del Espíritu Santo, dijo: –Te alabo, Padre».
«Te alabo, Padre»: la alabanza es la forma de oración que sintoniza mejor con la realidad de Dios. Es admirarse y maravillarse de quién es Él, igual que uno se maravilla ante una buena persona, una buena acción, ante cualquier realidad muy bella.
Alabanza, gozo, fruición son una experiencia única, íntegra, colmada de felicidad. En Dios, esas experiencias nuestras son una realidad única: Alabanza, Gozo, Júbilo, Fruición, Felicidad de Dios por ser Dios, que se expresa en su Palabra y en su Espíritu de Amor.
Esa misma experiencia de gozo la vive Jesús al contemplar cómo su mensaje del Reinado de Dios es acogido por la gente sencilla, por los que poco valen a los ojos del mundo, pero en quienes Dios se goza y se complace.
Esta alabanza de Jesús es el modelo de nuestra oración: gozarse en el Espíritu del Padre, en su Amor y su Bondad. Gozarse de su amor en las demás personas, en sus vidas, en sus acciones. Esta forma de oración es de grandes vuelos, amplia, abarcadora, abraza a todo el mundo.
Una de las plegarias de acción de gracias de las misas dominicales dice así: «Tú, Padre, nos concedes lo que más conviene en cada momento y diriges sabiamente a tu Iglesia asistiéndola siempre con la fuerza del Espíritu Santo; para que, con un corazón siempre dócil a tu voluntad, no abandone la plegaria en las dificultades ni la acción de gracias en las alegrías».
Zacarías y Romanos
«¡Alégrate, Hija de Sion! ¡Grita de júbilo, Jerusalén!» Proclama Zacarías en tiempos del postexilio hacia el año 520 aC. «Tu Rey viene a ti... montado en un asno». Así llega Jesús a Jerusalén.
«¡Alégrate, llena de gracia!» Anuncia el ángel a la joven prometida en matrimonio. «¡Alégrate!» Ese es el saludo y la declaración de gozo y felicidad del judaísmo. Así fue saludada María. Gozo y felicidad por la presencia del Señor: en Jerusalén, la hija de Sion; en María, la joven de Nazaret. Ese es también el saludo para estas criaturas del Señor que somos todos. ¿Por qué? Porque el Señor está contigo.
El Espíritu de Dios –dice san Pablo– es Espíritu de Vida: El que resucitó a Jesús dará vida a sus cuerpos mortales, por el Espíritu que habita en ustedes. Este Espíritu de Vida realiza su obra en nosotros, peregrinos mortales en este mundo, al llevarnos a vencer las obras de muerte del pecado.

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